Agujero negro

August 8, 2009 - One Response

¨Los conflictos como los de Congo no aparecen en los medios porque la humanidad es inhumana. Aunque supuestamente el racismo y el colonialismo se hayan ¨acabado¨, este sigue presente en cómo los medios informan y documentan a los países en desarrollo. África debería tener al menos un corresponsal de cada periódico y en la actualidad no lo tiene. 54 países no tienen ningún enviado especial de muchísimos periódicos¨
- Walter Astrada, fotoperiodista.

En el álbum mental de miradas que llevo un mes y medio coleccionando, las de Goma estan en una sección especial que si hubiera de tener título sería ¨las miradas agujero negro¨.

Sé que el cruzar a R.D. Congo fue una locura meditada de la que mi madre nunca estará orgullosa. Pido perdón desde estas líneas por la preocupación gratuita. Creo que los que me conocen entenderán, quizá, el por qué me atreví a cruzar a Goma sola. La curiosidad a veces juega a perderse en el límite entre la audacia y la estupidez.

Había leído mucho sobre los abundantes casos de necesario soborno para cruzar la frontera. A mí no me hicieron falta más que 35 dólares (el precio de la visa de ocho días) y un cargamento de agallas. La noche anterior no había pegado ojo; un necesario tributo de miedo a la tierra que ya retrató Conrad en tiempos coloniales, ¨el corazón de las tinieblas¨.

Ya en Congo, caminando la recta sin dobleces que une a Gisenyi con Goma, un par de hombres congoleses caminan conmigo, como escoltándome. Son un padre anciano y un hijo de mi edad que a duras penas creen que una joven blanca esté dispuesta a recorrer las calles de Goma sola.

- ¨Tengo un amigo con el que a lo mejor me encuentro más adelante…¨Goma 2 small

Antes de lo esperado, Bizige aparece (aquel nuevo amigo retratado en el post Inshuti Yawe). No se moverá de mi vera, siendo su halo de protección invisible un salvavidas de valor incalculable. Me traduce del suahili los diálogos que nos rondan, las acusaciones que recibo, los comentarios de mutilados y locos. ¨Eres amarilla como el sol…¨, asevera un viejo agarrándome el brazo. ¨Dame algo de dinero, tú, rica¨, me dice un mutilado apoyado en una muleta quebrada, enseñándome explícitamente el muñón.

Caminamos horas y horas, sin más pretensión que hacer eso mismo. Soy la única persona blanca que veré en las calles podridas de contaminación durante todo un día de caminar sin descanso. Las demás pasan veloces en todoterrenos blindados o en furgones de Naciones Unidas. Muchas de ellas son soldados de las fuerzas de paz de MONUC (la misión de paz de la ONU en el Congo), compuestas de una mayoría de cascos azules de India y Uruguay, las naciones que más tropas aportan.

La polución es brutal, y la confusión que genera se ve aumentada por el hecho de que el suelo es volcánico, trozos de lava por doquier. Y de que no existe el pavimento, siendo el polvo negro el único respiro. A los lados de la calzada se venden cada pocos metros bidones y botellas de gasolina adulterada que expulsa un olor que aturde. El aderezo del panorama lo pone, al fondo, el volcán Nyiragongo, que en 2002 transformó a Goma en una Pompeya moderna, sepultando con lava más de media ciudad. Las amenazas de erupción siguen presentes. Pero quizá esa sea la menor de las preocupaciones de los que han de vivir en este infierno.

Goma 1 smallAtravesamos los suburbios, el volcán siempre de frente. Al tráfico de vehículos de toda clase se suma el veloz movimiento de los taxis conducidos por mutilados que pedalean con las manos. También están las carretas que transportan materiales pesados, los triciclos enormes de madera que jóvenes sudorosos guían con destreza transportando sacos, hierros o aparatosas placas de hojalata. Hay pequeños fogones a los lados que despiden más humo y más calor. No hay infraestructura ninguna y los niños parecen tener contrato con el diablo. Los legados de Mobutu, me digo, el cabrón que desangró a este país más que nadie (y han sido muchos los que han chupado de la riqueza de los inagotables recursos de R.D. Congo -entre ellos diamantes, oro, plata, cobre, cobalto y petróleo- a expensas de los civiles, apaleados por todos los flancos).

Un par de mujeres están en cuclillas en una cuneta debajo de un paraguas. Envueltas en tejidos negros llenos de mugre, bebés a la espalda, venden montañitas de carbón organizadas con un primor irrisorio. Un par de camiones engullen a gente, y cuando están llenos, parten al son de voces que cantan entre rejas. A pie de rueda se venden trozos de carne comidos por los insectos. La suciedad es palpable y respirable. Despiadada. ¿Cuál será la esperanza de vida en esta ciudad?, me pregunto no queriendo saber la respuesta.

Hacemos que las horas sigan pasando caminando calles más estrechas en las que no caben los vehículos. Calles negras llenas de chabolas. Una pequeña tienda, que tiene un altavoz enorme en la puerta, vocifera una radionovela nigeriana. Hay multitudes congregadas. ¨¿No has oido hablar de ella?, me pregunta entretenido Bizige, ¨es muy popular…¨ Instantes después pierdo su voz y el hilo musical de la radionovela. Hay gente que se agacha y otra que hace como si nada. Un avión pasa literalmente rozando el tejado de las chabolas, produciendo un estruendo en el que creo que me van a reventar los tímpanos. El aeropuerto, desde el que sólo salen vuelos precarios, está cerca. A pocos kilómetros también late la presencia de algunos de los peores campos de refugiados del mundo. Los de Mugunga, por ejemplo.Goma 3 small

Mientras nos apresuramos hacia la frontera, que cerrará pronto si no nos damos prisa, vuelvo a ver los carteles en francés y en suahili contra las violaciones, innumerables y violentas en toda esta zona del este de RDC. Me retienen en inmigración más de la cuenta, los oficiales quieren dinero. El paso de Goma a Gisenyi está tan sólo a un par de metros.

Suena un pitido y la gente empieza a correr. Mujeres con bebés pegados a la columna vertebral, ancianos con patatas dulces en la cabeza, niños descalzos, hombres en camisas sucias y roídas; todos echan a correr con semblantes hechos de urgencia. Antes de que pueda digerir nada de esto, Bizige me coge la mano y grita “¡Corre!, ¡Corre!”. Tropiezo con muchos pies que ni sé de quien son hasta que me veo, de repente, al otro lado de la frontera, en Ruanda, aún esquivando piedras. “Alguien pagó corrupción a la policía para que abrieran el borde y callaran la boca”, me explica Bizige. Asiento. Cierran la frontera todos los días a las 6 p.m., pero los rezagados y aquellos sin papeles en regla consiguen cruzar sobornando a las autoridades. El cartel cuadrado que dice “Investment yes, corruption no” a la entrada de Ruanda me haría reír si tuviera energía para el sarcasmo.

Aún resoplando, miro hacia atrás. Goma despide una humareda negra, mundana y fantasmagórica. Está anocheciendo, y en la estrenada oscuridad, el volcán Nyiragongo escupe llamaradas rojas. Goma queda atrás y mis pies sucios se sienten de nuevo a salvo. No es hasta que recorro estos últimos metros hacia la caseta de inmigración en Gisenyi que me doy cuenta de que estoy agotada, física y mentalmente. ¨Es fácil hacer lo que hago¨, me digo sintiendo un arraigado disgusto por mi persona. Es jodidamente fácil asomarse al borde del abismo, meter la nariz en un agujero negro. Otra muy distinta es vivir en sus cenizas día tras día, hora tras hora, segundo tras segundo; vivir con los pulmones alquitranados, vivir consciente de ser miserable, vivir sabiéndose muerto antes de cumplir cinco. No conocer más que albas y atardeceres así, que se repiten en un ciclo de pesadilla sin retorno ni posibilidad. Nacer aquí, morir aquí; eso es diferente.

¿De qué me quejo?

Cae la noche sobre la que se me antoja una extraña resaca que me come las entrañas. Bizige afirma: “Estas cansada”. Lo sabe, hoy me ha salvado el pellejo varias veces. Le doy las gracias y seguimos caminando entre cabezas sepultadas por bidones amarillos. Me enseña su iglesia (“Reconciliation Church”), alojada en unos almacenes, y su casa, en una calle oscura en la que tropiezo una decena de veces. Tiene una pequeñísima salita con tres armazones de sillón desnudos y una camisa colgada en uno de ellos. Un dormitorio con un colchón fino y un amago de cortina hecho de pelo de animal. Una cocina que sé cocina porque tiene un pequeño camping gas en una esquina y una montaña de platos sucios en el suelo; nada más. No tiene baño ni agua, pero sí tiene electricidad. “Cuando vuelvas a Gisenyi no tienes que pagar hotel”, asevera con una ternura que no puedo soportar ni merecer.Goma 4 small

De vuelta en la calle oscura como boca de lobo, me presenta a vecinos, amigos, niños con los que juega a veces. Doy manos a ciegas, no veo nada. Todo es negro salvo mi piel y el blanco de todos sus ojos. Es en este preciso instante, sintiéndome a salvo en el refugio de un extraño ángel de la guarda, que recuerdo lo que me contó Bizige caminando las calles de Goma: “Me mudé a Gisenyi hace un año porque allí nadie me conoce”.

Aquí, en estas calles, nadie sabe que ha estado seis años en la cárcel, que luchó en la guerrilla casi toda su vida, que vivió meses en la selva de Virunga, que desafió a la muerte durante tres años en las incursiones del RPF en R.D. Congo, que no tiene familia. Que tampoco tiene suficientes dedos para contar las cicatrices, que ha asesinado, que ha perdido la fé y la juventud en una batalla política en la que ya no cree.

Su prima, uno de los pocos parientes que le queda, cruza a Goma algunas noches a ejercer de prostituta para los soldados de la ONU. Ejerce de prostituta en esa misma ciudad donde el dinero única y exclusivamente puede ser sucio; donde si no es un edredón de lava, es un cuchillo o una bala o una polla quien te mata; donde cada noche llegan al hospital “Africa Hills” decenas de mujeres violadas, sujetando sus propios intestinos en las palmas de sus manos. En R.D. Congo hay total impunidad. ¿De qué me quejo?

Vuelvo a la posada Ubumwe. En moto-taxi, sin casco, las ruedas saltando sobre piedras como un toro mecánico saltaría en una feria de pueblo de tercera. Sé que nada me puede pasar, no hoy, no después de Goma. Goma existe. Goma existe, ESCÚCHAME, Goma existe. Y el mundo está diseñado por un arquitecto con granadas en las cuencas de los ojos y un artista sin conciencia. Mañana me despertaré sin escuchar este eco que todo lo ensordece, que ahora me parece definitivo, cruel, imperdonable.

Inservible.

“Goma existe, Goma existe, Goma existe…”.

El Orfanato de la Calcuta

August 7, 2009 - Leave a Response

Al orfanato de la Calcuta se llega bajando una cuesta empinadísima de polvo naranja que arranca en la céntrica iglesia de la Sagrada Familia. Me lleva una de las religiosas españolas que he tenido la suerte de conocer. Ella, junto a las otras dos (si he de ponerles nombre mencionaré seudónimos para conservar su anonimato), me ha hecho creer a pies juntillas la leyenda popular que dice ¨si quieres conocer de veras un lugar, arrímate a los religiosos…¨

Carmen, Emilia e Isabel llevan seis años en Ruanda. Dos de ellas trabajan con sueldos de locales en un hospital en el barrio más humilde de Kigali, el musulmán. La otra hace (entre muchas otras cosas) voluntariado en el orfanato de las monjas indias del que hablaré un poco más abajo. En sus hilos de voz me perdería horas, escuchando historias sobre el cónsul honorífico de España en Ruanda -que está en la cárcel-, el arraigado control social -la lacra que constituye según ellas ¨el mayor problema de Ruanda¨, la razón por la cual ¨Ruanda realmente no se desarrolla¨-, la tristeza perenne de un pueblo herido y pobre -ellas explican la falta de sonrisas por medio de ¨la acumulación de un pasado terrorífico y un presente que no ofrece muchas perspectivas de mejora¨-, el miedo, la falta de libertad…

El orfanato existe desde hace más de 25 años. Al principio las monjas empezaron tratando temas de malnutrición, pero pronto, vista la necesidad, se concentraron en acoger a niños huérfanos. Este bloque de edificios bajos ha visto pasar por sus habitaciones lúgubres a muchos de los huérfanos del genocidio. Alberga a niños de 0 a 5 años que luego son trasladados a otro orfanato que las mismas monjas tienen en algún otro punto de Kigali.

Carmen me lleva a la habitación a la que ella siempre va. Tiene niños de un año aproximadamente. Las cunas de madera ocupan casi toda la longitud del habitáculo, y hay también un pequeño pasillo donde juegan de 9 a 11 a.m. y de 3 a 5 p.m. (las únicas horas permitidas). Todos los críos tienen los vientres abultados y los ombligos de luna protuberante. Se te pegan a la piel, descubriéndote, buscando tímidamente y con ojos muy abiertos el cariño que nunca han tenido. David y Obama acabarán siendo mis niños preferidos. David -el bebé más negro que he visto nunca- y yo jugamos a sacarnos la lengua y a hacer muecas que arrancan las carcajadas más escandalosas. Obama se llama así porque llegó el día de la elección del presidente. Es un niño plácido y flaquito con ojos enormes.

Un día me engancho a Sister Kathrin, una curtida monja francesa gordísima que trabaja de supervisora. Es muy blanca, escéptica, alguien para quien lo difícil es rutina. Incómoda por mi presencia, me cuenta sobre el orfanato y los niños mientras mastica un mendrugo de pan. Hoy ya no hay huérfanos del genocidio, a muchos de los niños se los encuentran recién nacidos en letrinas. De esas que son un agujero lleno de mierda excavado en la tierra. Otros pocos amanecen abandonados en las puertas del orfanato, o los traen los vecinos de las madres que murieron recientemente a manos del sida. ¨Aunque las madres sean seropositivas, si no les han dado el pecho muchos niños se salvan…¨

Llegado cierto punto, asevero: ¨Ha tenido usted que ver muchas historias tristes, Sister Kathrin¨. Ella sólo responde: ¨Aquí no llegan historias que no sean tristes¨.

Reconciliación, ¿posible?

August 6, 2009 - Leave a Response

‘La guerra -sea de la naturaleza que sea- siempre es una tragedia, un terrible fracaso de la humanidad. Ya no sólo por lo obvio -muerte y destrucción-, sino también por sus consecuencias, que se prolongan ad infinitum: deformaciones de todo tipo, mutilaciones, maneras de pensar paranoicas… Y el odio’
- Ryszard Kapuscinski

Una de las grandes tramas de Ruanda, sin lugar a duda, es la reconciliación. O quizá sería más correcto decir Reconciliación, con mayúscula; esa palabra que en este país camina altiva sujetando el banderín de la irracionalidad. Esa idea abstracta, bella e imposible que es un desafío infinito a la pasta de la que estamos hechos los humanos.

Reconciliación en Ruanda es un campo de batalla de múltiples flancos. Primero está el público, allí donde la reconciliación es hazaña y progreso, la promesa de un futuro lejos de la pobreza. Pero también existe el privado, ese calvario del que no se habla, ese escenario lacerante que tira por tierra todos los guiones. El acto de reconciliarse es el bumbum de una máquina compleja que difícilmente está bajo control.

Es demasiado doloroso. Humanamente loable.

Hay tantos que han de perdonar… y tantos que han de ser perdonados… Personas y naciones; acciones tanto como omisiones. Stephen Kinzer, el autor de ¨A thousand hills – Rwanda´s rebirth and the man who dreamed it¨ (un libro en mi opinión un poco parcial, con tintes bastante positivos) narra: ¨Ruanda estaba [tras 1994] enterrada en los corazones y espíritus rotos de los supervivientes. Se movían, andaban y hablaban, pero pocos estaban verdaderamente vivos. Calificarlos de traumatizados sería trivializar su angustia. La gente les conocía como bapfuye bahagazi: los muertos vivientes¨.awf_ra

Mutilados tienen que perdonar a aquellos que les cortaron las piernas rodaja a rodaja, crueldad inaudita en mano. Víctimas de violaciones han de perdonar a aquellos que les regalaron el VIH, por el que cuentan los días de distancia a la muerte que quizá debió haberles llegado antes. Adultos han de perdonar el haber presenciado horrores capaces de estallar un corazón cuando eran críos; el ya jamás poder ver nada más que eso al entornar los párpados antes de dormir. Vecinos han de perdonar a vecinos. Campesinos han de perdonar a gobernadores. Ruandeses han de perdonar a foráneos. Asesinos han de perdonarse a sí mismos.

¿Es perdonar, en un contexto como el de Ruanda, posible?

Es una gran incógnita para la que hay optimistas y agoreros. La contradicción de esta pregunta se me presentó con vividez uno de mis primeros días en Kigali y desde entonces no ha dejado de atormentarme. Rondaba la mitad de junio y se estrenaba la edición anual del festival de cine de Ruanda, apodado ¨Hillywood¨. En una de las sesiones de este festival proyectaron un documental de una joven directora americana, Laura Waters Hinson. Se llama ¨As we forgive¨ y narra la historia de dos mujeres en Ruanda que con ayuda de intermediarios y terapeutas consiguen reconciliarse con los que mataron a sus familias delante de sus ojos y convivir con ellos en paz y amistad en la misma aldea. Waters Hinson encontró inspiración para realizar este documental tras enterarse de que el gobierno ruandés acababa de liberar a 40.000 presos que se habían mostrado arrepentidos por sus crímenes durante el genocidio (porque no cabía un alma en las cárceles entre otras cosas).

El largo proceso de reconciliación que la película intenta mostrar siempre lleva como escudo en boca de los protagonistas la religión. Dios es el único clavo ardiendo al que buena parte de la población puede agarrarse para seguir a flote, para seguir encontrando indecentes explicaciones a los por qués de episodios tan amargos en sus pasados, de tamaña crueldad. El importante papel de la iglesia hoy en día es irónico considerando que la iglesia católica fue una de las principales cómplices del régimen genocida, y muchos de sus curas fueron traidores que entregaron a miles de tutsis a las manos de las milicias.SSC_0746

Quizá la religión sea el único bastón al que agarrarse en un camino impuesto. Ni el gobierno ni los tribunales comunitarios gacaca -que significa ¨gente sentada en la hierba para discutir y resolver problemas¨- proveen justicia, según muchos ruandeses (para más información sobre gacaca, sus debilidades y sus riesgos, ver este excelente artículo en IRIN Africa News). Charles, en Nyamata, contaba cómo no se sentía seguro testificando en los tribunales populares, cómo tenía miedo de una venganza que podía llegar pronto cuando los presos fueran liberados de sus penas de hábito naranja (los presos ya juzgados visten naranja butano y los que están pendientes de juicio rosa fosforito) tras pocos años. He escuchado historias similares de boca de otros. Hay muchos casos registrados -de los que se habla poco- de asesinatos durante las conmemoraciones del genocidio en abril de cada año, o de cuentas saldadas a sangre fría por las aún presentes tensiones étnicas.

¨As we forgive¨ es un noble intento que quiere enseñar grandes lecciones, cómo Reconciliación está sucediendo en Ruanda y cómo es posible. Hay empeño, desde luego. Los enormes carteles en las rotondas que escupen al tráfico la palabra ¨Icyizere¨ (esperanza), los programas de ONGs sobre cura de traumas y reconciliación, los culebrones radiofónicos reconciliatorios como ¨Musekeweya¨ de Radio Benevolencija, las películas, las actividades, el empuje religioso… ¿Pero no serán las historias capturadas por la cámara de Waters Hinson una bella excepción, una idealización incluso? Cabe el riesgo de que sean casos excepcionales, cuadros extremadamente optimistas que satisfacen a los espectadores internacionales, distantes del pertinaz sentimiento rompedor instalado como una segunda piel en muchos ruandeses. Sin remedio.

¿Es Reconciliación, en una situación como la de Ruanda, posible?

Quizá, apropiándome de la expresión que Rosa Montero utilizó en otro contexto, tan sólo quepa esperar a ¨esa otra frontera, la más inexorable e inquietante, aquella que viene marcada por las líneas del tiempo¨. Las generaciones, la reconciliación, las muecas en las que encajen las sonrisas, los bolsillos en los que quepa suficiente esperanza… quizá esos sólo pueda traerlos el paso de los días y los años.

Despedida

August 1, 2009 - Leave a Response

Desaparecen tus casas de fotografía en sepia
amontonadas en una abotargada ventana,
en una vida nunca demasiado ruidosa.

Desapareces. Toda, tú, entera, naranja.
Y parda e inmóvil. Y abrazada.
Desaparecen tus bananos, tus iris oscuros,
tus inevitables preguntas.
Los por qués, los para qués sin respuesta.
Desaparecen, bajo un ala,
tus traumas y tus grandes palabras.
Reconciliación, imposibilidad, humanidad.
Te las he visto todas,
sin veredictos al alba
de otro mundo lejano en toda concepción de distancia.

Me harían falta
más vidas, más que 47 días
para hacerte justicia,
para retratarte con la luz correcta,
con las palabras que hablan solas.

Desapareces y musito:
¨quédate en mi sombra¨.
En mi mano derecha, en mi conciencia.

[A Ruanda, en la insuficiencia de la partida y en la esperanza de una memoria con motores]

PD – Aunque me marcho de Kigali y estas líneas pronto llegan a su fin, seguiré transcribiendo y publicando un par de textos que quedaron pendientes…

El Viaje que cuenta

July 28, 2009 - One Response

(continuación de Promesas y falacias)

Pero hay otro puñado de actitudes turísticas arraigadamente irrespetuosas con las que inicialmente quería comenzar el post anterior, aunque todo esto se me haya ido un poco de las manos. Me asaltaba hace unas semanas un tropel de, digamos, observaciones repetidas. El meollo del mismo, aunque esta noche tenga fiebre y se me hayan perdido las palabras justas, se enredaba en algo así: ¨en este mundo hay mucha gente muy viajada que no ha viajado en absoluto¨. Y que falta al respeto desmesuradamente.SSC_0744

Llamémosla Sheryl, por ponerle un seudónimo. Pongamos un escenario: Burundi, las orillas de Tanganyika. Y una hora: 8 a.m. Sheryl, junto a tres compañeras occidentales (me incluyo) camina la arena parda. No ha desayunado y espera que algún chiringuito cerca del agua le sirva un té y una tortilla. Voila, aparece Bora Bora, un antro en la orilla pertrechado de cojines y piscina: una necedad en el paisaje, una verdadera canallada. Miami tiene uno parecido. No sirven desayuno pero el propietario (belga) nos invita a que nos quedemos si queremos. ¨No queremos¨, pienso, sazonando la poca civilización que me sale con el reproche visual más educado posible (acorde a las circunstancias). Sí, sí que quieren; Sheryl la primera. ¨No es muy local, pero…¨, se excusa coqueta. En Bora Bora una bebida cuesta el equivalente al octavo de un salario de muchos trabajadores. Y no estoy hablando precisamente de los más pobres. No hay que ser muy lumbreras para imaginarse que la clientela en este bar-tarima es un enjambre de blancos. Y que a metros, a distancia visual muy próxima, bulle la playa pública de negros que no pueden permitirse esa bebida y miran a los blancos con socarrón y desconfianza.

En un arranque independentista de los que luego me llevaría a Goma sola, bajo las escaleras de Bora Bora vistiendo el que siento como un orgullo coherente. Al final de la jornada, Sheryl sigue tomando el sol en una hamaca en el mismo lugar donde la dejé, al lado de una novela de amor de las que se compran en aeropuertos sólo si estás desesperado. Ha hecho fotos desde la barandilla y se ha tomado una ensalada de frutas por el ´nunca módico´ precio de nada en Burundi. Sheryl no ha aprendido a decir gracias en la lengua local en dos meses que lleva en aquí, ni interactúa con locales en su tiempo libre.

Lo que más me desconcertó en su momento es que Sheryl ha trabajado en Namibia, viajado sola alrededor de África y de Medio Oriente y tenido amigos inmigrantes de primera generación. Además, estudia un posgrado de derecho en la universidad de Columbia, ha estudiado derechos humanos de la mujer en países del tercer mundo y tiene un novio turco. No son características muy comunes, diría yo. Parecería que Sheryl es una mujer ¨viajada¨.

Pero ha de ser del viaje que no sucede por dentro, que no humaniza.

¨Viajados¨ también parecen los que visten pieles claras en Café Bourbon, un terrible sucedáneo de Starbucks en el único sucedáneo de mall en Kigali, donde hay internet wireless y abundancia de libros sobre cómo sacar a África de la miseria. Los camareros locales sienten la hipocresía, y como resultado (mi teoría), son los que tienen los ademanes más desganados de la ciudad.

Quizá no sepa a ciencia cierta cuál es el viaje que cuenta. Los que no cuentan, sin duda, un poco más arriba. Podríamos venir cargados de un poco más de coherencia y un poco más de respeto.

Promesas y falacias

July 28, 2009 - One Response

Este mes en la revista Eye Magazine, una glossy de tamano cuartilla que se publica cada tres meses para los turistas que llegan a Ruanda, Millennium Development Village es protagonista. Ya habia leído anteriormente de esta iniciativa conjunta de UNDP, el Earth Institute de la universidad de Columbia y Millennium Promise. Es un proyecto que está en marcha en diez pueblos de diez países de África y que tiene como cabeza visible a Jeffrey Sachs. Uno de los mottos dice “Promesa Millenium: la pobreza extrema acaba aquí…”millennium-village-tourist

En Ruanda, el conjunto de aldeas se encuentra en un sector llamado Mayange, en el distrito de Bugesera, al sur de Kigali. Una parte sustancial del proyecto de desarrollo, que pretende “alcanzar los MDGs y sacar a Mayange de la trampa de pobreza”, es el Millenium Development Village Tour. A través de las páginas de Eye se anima a los turistas a que se unan a los más de 500 que ya han visitado esta aldea en un paquete turístico organizado. En un día visitan Nyamata, una granja y una cooperativa de mujere; escuchan testimonios de 1994, bailan con los lugareños y hasta conversan con un genocida y una víctima que hoy viven en paz en la choza de uno de ellos. ”Una experiencia educativa”, tal y como se anuncia.

Hoy esta propaganda tan brutal y tan equívoca me deja perpleja. El “Big Push” de Sachs (que se refiere a que los países desarrollados deben ¨ser solidarios¨ y donar más y más dinero para “salvar” a África) alcanza límites insospechados, adentrándose en el ya muy debatido “turismo de pobreza”. Como el que dice turismo de aventura o de montaña, igual. Ahora lo in es visistar a los que nada tienen para ver que efectivamente no tienen nada, para compadecerles, para meterse en sus “vidas normales y corrientes” -¿acaso lo son con esta intrusa presencia?- durante unas horas y marcharse dejándoles un fajo de billetes. El turismo de slums en India también cae dentro de esta categoría. La perspectiva de Easterly en “Should starving people be tourist atractions?” me parece bastante acertada, asi como las llagas en las que Magatte Wade mete la mano en Hufftington Post.

El mero hecho de que el termino poverty tourism exista, a mi juicio, es toda una aberración que revela mucho del voyeurismo turístico en el que estamos sumidos en el hemisferio norte.

El desarrollo de Ruanda no empieza por un Millennium Village Tour; ni éste es una experiencia educativa (conocer un país tan complejo en unas horas en un paquete turístico no es sólo imposible sino también engañoso y erróneo) ni mucho menos respetuosa.

Buen gobierno

July 26, 2009 - Leave a Response

Algo a lo que no me acostumbro es a que la gente camine con machetes por la calle; a que te estrechen la mano con la derecha sujetando uno en la izquierda, a que señalen a algo con la punta del mismo.

Encontré a uno de estos hombres, machete en mano, en una escuela en Nyamasheke; una de esas apañadas en tiendas de campaña, una de esas que no parece escuela en absoluto. Se agrietó primero y se derrumbó después en el terremoto que azotó a los distritos de Rusizi y Nyamasheke -en el suroeste del país- en febrero de 2008.SSC_0745

Desde entonces esta zona de monos y fronteras por todos los flancos no ha vuelto a ser la misma. Era lejana; ahora parece remotísima, un péndulo débil que sigue dando la hora en un reloj que todos consideran sano. El péndulo cuelga de la feroz descentralización ruandesa que todo lo quiere controlar; se mantiene en un limbo de cuestionable cordura. El péndulo es un títere de la ayuda humanitaria de emergencia. Ésta, increíble pero cierto (ironías de la Ruanda pos-genocidio en la que la comunidad internacional se deshace en regalos sin condiciones para lavarse la conciencia), sigue en pie año y medio después de la sacudida de tierra que abrió calles en canal, partió iglesias por la mitad, demostro cuántas casas no llegaban al listón y mató -afortunadamente- sólo a diez.

El día que llegamos a Nyamasheke las reuniones con las autoridades locales están canceladas. Corre el rumor de que el alcalde del distrito (algo así como la cabeza de una de nuestras provincias) acaba de dimitir. Se confirma a las pocas horas.

Son las siete de la mañana y no queda mucho más que hacer que desayunar y quemar cartuchos de conversación sobre este país extraño. Café y huevos de por medio, Gedeon conectará muchas de las piezas de un puzzle en el que yo a menudo me pierdo, explicándome con la vehemencia sutil sólo propia de los apasionados que el hecho de que las escuelas que hemos visto todavía no estén reconstruídas no es fortuito. Le indigna especialmente el caso de un colegio semi-derruido cuyo sistema de agua no está ni a la mitad, pero cuyo proyecto ya se dió por finalizado, fue aprobado por una decena de responsables a nivel local, nacional e internacional y fue completamente pagado. ¿Qué está pasando?

De la indignación con mesura al susurro hay pocos pasos en Ruanda. Muy pocos. Gedeon ha bajado la voz tres o cuatro tonos. ¨El alcalde probablemente ha dimitido por asuntos de corrupción¨, me dice. Pero no porque alguna de sus fechorías se haya descubierto, sino porque en el sistema de fuerte control social y descentralización probablemente la cúpula de poder se percató de las irregularidades y, para protegerle antes de que se extienda el rumor, hizo al alcalde dimitir alegando razones personales.

No está mal como acusación para un régimen en el cual la corrupción se cree inexistente. Y a cuyos fondos contribuyen muchos países occidentales a través de apoyo directo al presupuesto gubernamental (direct budget support). ¨Pero el escándalo llega de cualquier modo…¨, alego. Me equivoco. El asunto se queda en rumor discutido entre dos (hay una broma ruandesa muy significativa que dice ¨en cualquier reunión de tres o más, una persona por lo menos es de la inteligencia¨), con suerte. Eso o el silencio. La prensa está totalmente censurada. Umuseso, Imvaho… ninguno le lleva la contraria al régimen. Gedeon a estas alturas murmulla.

- ¨No hay partidos de la oposición¨
- ¨Pero yo creía…¨
- ¨Están registrados pero están en acuerdo con Kagame¨

No hay manera de denunciar aquello que se hace mal, según mi compañero. El objetivo es reconstruir Ruanda. De acuerdo a la Vision 2020 del presidente, el objetivo es de hecho convertir a esta pequeña nación africana en un tigre asiático. ¨¿Pero qué estamos reconstruyendo si los líderes y aquellos que tienen dinero en vez de invertir en mejor educación aquí en Ruanda se despreocupan porque saben que mandarán a sus hijos a Francia o a América?¨, articula. ¨Un país sin libertad no puede crecer¨, continúa, ¨si abres la boca y te meten en la cárcel, acabas por callarte y mantener una vida tranquila para los tuyos¨.

¨Y a esto lo llaman buen gobierno¨.SSC_0743

Cassava secándose al sol. Plantaciones de té. Niños persiguiendo un coche que se marcha de todas sus aulas temporales. Extienden los brazos, trepan a la rueda de repuesto, corren casi tan rápido. Se van haciendo pequeños por la ventanilla trasera hasta que en la confusión de la polvareda desaparecen…

Después de todo lo sucedido en este país de memorias de manicomio, ¿acaso no son las nuevas generaciones la única esperanza?

‘Cuando viajo, no me interesan los edificios y los monumentos. Lo que busco es la arquitectura humana’
- Paul Theroux

Obama y África

July 25, 2009 - Leave a Response

El discurso de Obama en Ghana el pasado 11 de julio ha dado que hablar. Estas son dos de las perspectivas que me parecen mas interesantes: la de la revista británica The Economist y la de Aid Watch, el blog de W. Easterly.


‘Occidente arrastra la culpa de toda la historia de la esclavitud, el colonialismo y el poscolonialismo. Occidente no sólo es el responsable de la configuración del África independiente, sino que también lo es de sus fracasos, pues al abandonarla, dejó muchos problemas sin resolver’.
- Ryszard Kapuscinski, ¨El mundo de hoy¨


‘Del mismo modo que Colón vivía en una gran época de descubrimientos geográficos, en la que cada expedición modificaba el cuadro del mundo, hoy nosotros atravesamos una época de grandes descubrimientos políticos, en la que revelaciones siempre nuevas cambian incesantemente el cuadro de lo contemporáneo, a saber, lo que significa estar vivos hoy en día’.
- Ryszard Kapuscinski, “Los cínicos no sirven para este oficio¨

Musanze+3

July 21, 2009 - Leave a Response

Despierto sobresaltada escuchando los clamores de guerra. Pasos que corren al unísono, rugidos humanos que incitan a la violencia, la calle en mis tímpanos. Me asusto de veras. Son las cinco de la mañana y esta noche no es excepción en la Ruanda que se me ha regalado: duermo mal en este país. En Kigali es el Havana Club, en otros lugares son los colchones que te devoran dejándote inválido, en sandwich. En Musanze, antiguamente llamada Ruhengeri, son los ejercicios matutinos de los soldados y los entrenamientos obligatorios de la policia local y los trabajadores del sector público (sí, doctores y profesores, por turno, también tienen que someterse a programas de ejercicio físico requeridos por el gobierno).

SSC_0555Estoy de misión en los cuatro distritos frontera con R. D. Congo y Uganda: Rubavu, Nyabihu, Musanze y Burera. Dos pertenecen a la provincia del oeste y dos a la del norte. Es una zona de Ruanda que vive prácticamente con la garganta seca. El agua es aquí un bien muy poco accesible. La evidencia, a simple vista: en los bordes de las carreteras, que se retuercen como serpientes, hileras de personas acarreando bidones amarillos roñosos. Algunos hombres llevan cuatro o cinco de éstos en bicicletas; otros incluso seis o siete, pedaleando hasta el abatimiento. Muchas mujeres los llevan en la cabeza, en horizontal, la boquilla cerrada con un trozo de patata. Otras los llevan a la espalda, enganchados con una cinta de colores a la cabeza, como una diadema que debe doler más que una corona de espinas. Este modo de acarrear el agua, a la espalda, se llama ”a la congolesa”; el anterior, “a la ruandesa”. Hasta la tortura tiene nacionalidad hoy en día. Pero lo mas sobrecogedor son los niños, ésos que son tan pequeños que ni se les ve a través de la ventanilla del coche, los micos, los bebés. Se ven hasta de tres años, con dos bidoncitos, uno en cada mano, caminando despacio. Las niñas de cinco años parecen adultas, ya divorciadas de la vida, haciendo varios viajes al día con ese maldito líquido que no les llega ni para 5 litros por persona y por jornada. Para beber, lavar, cocinar y asearse.

La tierra en esta hilera de distritos es volcánica. Es mucho mas difícil aquí hacer llegar el agua adonde se necesita. Todos los proyectos, hasta los que sólo son la conexión de un par de tuberías, son de envergadura millonaria. “Las cañerías que se necesitan son enormes, también generadores, bombas de agua [la región es montañosa]…”, me explica Gedeon, el ingeniero al que acompaño. Él mismo nació en Cyanika, una pequeñísima ciudad en Burera, y recuerda ir todos los días al lago Bulera a coger agua cuando era crío. Por aquel entonces el viaje era de varios kilómetros en cada dirección. Antoine, el chófer, nació un poco mas al sur del país, pero también recuerda que no tuvo ni agua ni electricidad en casa hasta que cumplió 16 años.

Aunque se ha facilitado el acceso, y aunque el gobierno esta enzarzado en una campaña agresiva para convencer a los miembros de la población rural de que abandonen sus casas y sus tierras desperdigadas en mitad de los bananos y las judías y se re-agrupen en nuevas ciudades al borde de las carreteras (los polémicos umudugudus), adonde se puede llevar agua con menos obstáculos, la situación no parece haber mejorado una barbaridad a lo largo de los años.SSC_0556

Nos bajamos del 4×4 en mitad de un camino de tierra que no se ni cómo el vehículo ha sobrevivido. Vamos a ver una ”protected source”; una fuente con caño gordo, vamos. En mitad de la nada, en un monte espectacular con vistas al lago Ruhondo. Rodeando la fuente, treinta niños recogen agua. Están de vacaciones y muchas familias aprovechan para que sean sólo ellos quienes hagan las labores de acarreo. Se estrena un silencio sepulcral. Nadie menciona la palabra, pero intuyo que soy la única blanca que han visto por los alrededores en mucho tiempo. “Dios”, me digo, “si existes no has visto esto, ¿verdad?”. Moscas, medianos acarreando a pequeños, una niña con una úlcera horrible entre la mejilla y el labio, manos sucias que quiero tocar pero que no me tienen confianza. Un paisaje de delirio. Esa vergüenza otra vez… esa de cartón… ahora que me había olvidado de ella.

Viejas en Ruhengeri que no tienen dedos de los pies y mendigan, letrinas ecológicas cerradas a cal y canto por falta de uso, colas de ochenta bidones en fila india esperando en los caños. Ceños fruncidos, apocalipsados, rutinas que se cansan de ser demasiado arduas. En Rubavu, el distrito que se besa con el paso a R.D. Congo, pasamos de largo un par de campos de refugiados. Uno se reconoce antes de leer ¨UNHCR¨. Casetas blancas, peladas de sentido. ¨Bloc 2¨, ¨Bloc 3¨, ¨Bloc 4¨… ¿Qué campo de refugiados no es un monstruo? El otro es del gobierno, pero se ve parecido. Son campos de desmovilización que acogen a los que vuelven de las filas del FDLR. En el de UNHCR pasan la temporada inicial, y de ahí se les mueve al campo del gobierno, donde durante un mes se les da un curso intensivo ¨sobre la seguridad de Ruanda, sobre cómo pueden volver a sus comunidades sin problemas¨, sobre el sistema. ¨Algunos son asesinos y otros no¨, me aclara Gedeon, ¨el soldado del FDLR que tiene 18 años cruzó a Congo con 3 y allí le lavaron la cabeza. Es todo lo que conoce, toda la información que le llega es que Ruanda es un lugar peligroso donde todo el mundo le odia y donde su vida peligra¨. Después de la desmovilización, vuelven a sus pueblos de origen. A bote pronto intuyo que toda esta retórica de perdón a las arrepentidas milicias genocidas  funciona bien sólo en teoría.

En otro juego de letrinas en Nyabihu, un hombre local con bigote me da la mano, efusivo, sin que yo se la ofrezca. Empieza a contarme una historia de carrerilla, en kinyarwanda. Está borracho de cerveza de banano, ese Red Bull de los humildes y los envalentonados (tiene bastantes más grados que la cerveza normal).SSC_0557 ¨¡Gracias, gracias porque me has dado la electricidad, porque ya vemos, mira ahi encima de esa colina, mira los cables!. ¡Gracias, gracias!¨, me traducen. Me mira a los ojos sin soltarme la mano. ¿Que te he dado qué?, pienso. Tardo un rato en darme cuenta de que a pesar de su embriaguez, este hombre bigotudo me está revelando una gran verdad. Como mzungu, represento a un colectivo y otros blancos me representan y representan a su vez al colectivo, lo queramos o no. Uno se siente más grupo que persona, inevitablemente responsable de todos los desaciertos de todos los impresentables -pasados y presentes- que han hundido a este continente de ébano en la miseria. Ser blanco es empuñar una marioneta que no se puede controlar, que se mueve sola, que habla por ti.

De nuevo en la carretera tortuosa sigo viendo pasar desde la ventana del todo terreno a la gente que, petrificada, como si estuviese jugando al escondite inglés, nos mira. Así como si hubiésemos pasado en el segundo exacto antes de que pudiesen extender la mano y pedir auxilio, o algo de dinero, o una botella de plastico vacía.

Un niño  juega con un aro (la goma de una rueda de motocicleta) y un palo. El palo guía al aro, el niño corre detrás del caucho, el caucho se aventura por el verde lleno de piedras, por las rocas en forma de tejado, por los senderos al lado de la carretera que llevan a ningún lugar. Al lado de uno de los urinarios del recinto de letrinas -que construyó UNICEF-  de la escuela donde está este niño, hay una inscripción excavada en piedra con caligrafía de crío. La inscripción dice Irakiza Imana; ¨Dios nos salvará¨.

Instantánea

July 20, 2009 - Leave a Response

- ¨¿En España hay árboles?¨
- ¨Sí, claro¨
- ¨¿Así, como éstos?¨
- Sí, más o menos. Salvo los bananos. En España no hay bananos como ésos¨
- ¨No coméis bananas¨
- ¨Sí, sí comemos bananas¨
- ¨Ah¨

- ¨¿Y en España… Cómo se mueve la gente?¨
- ¨¿Cómo que cómo se mueve?¨
- ¨¿Existen los autobuses?¨
- ¨Sí, claro. Son un poco más refinados pero son más o menos parecidos. Autobuses, coches, motos, aviones… igual que aquí¨
- ¨Ah¨

- ¨¿Y en España… hay montañas?¨
- ¨Claro¨
- ¨No, no, pero montañas así, como ésas¨
- ¨Sí, más o menos. No hay tantas, pero sí¨
- ¨¿Así, así como ésas?¨
- ¨Sí¨

- ¨En tu país… ¿se siembra?¨
- ¨Sí, no tanto como en Ruanda, pero sí¨
- ¨¿Ah, sí?¨
- ¨Sí¨
- ¨Pero se siembra con máquinas¨
- ¨Sí¨
- ¨Aquí somos pobres y siembran las manos, con azadas¨
- ¨Ya¨

- ¨Aquí en Ruanda la vida es muy difícil¨


* Extracto de conversación con un ruandés llamado Steve en un trayecto de autobús Gisenyi-Kigali. A Steve le gustan los extranjeros porque traen noticias. ¨La televisión no cuenta qué clase de árboles tiene un país, o si se siembra¨. La televisión sólo habla de política.