¨Los conflictos como los de Congo no aparecen en los medios porque la humanidad es inhumana. Aunque supuestamente el racismo y el colonialismo se hayan ¨acabado¨, este sigue presente en cómo los medios informan y documentan a los países en desarrollo. África debería tener al menos un corresponsal de cada periódico y en la actualidad no lo tiene. 54 países no tienen ningún enviado especial de muchísimos periódicos¨
- Walter Astrada, fotoperiodista.
En el álbum mental de miradas que llevo un mes y medio coleccionando, las de Goma estan en una sección especial que si hubiera de tener título sería ¨las miradas agujero negro¨.
Sé que el cruzar a R.D. Congo fue una locura meditada de la que mi madre nunca estará orgullosa. Pido perdón desde estas líneas por la preocupación gratuita. Creo que los que me conocen entenderán, quizá, el por qué me atreví a cruzar a Goma sola. La curiosidad a veces juega a perderse en el límite entre la audacia y la estupidez.
Había leído mucho sobre los abundantes casos de necesario soborno para cruzar la frontera. A mí no me hicieron falta más que 35 dólares (el precio de la visa de ocho días) y un cargamento de agallas. La noche anterior no había pegado ojo; un necesario tributo de miedo a la tierra que ya retrató Conrad en tiempos coloniales, ¨el corazón de las tinieblas¨.
Ya en Congo, caminando la recta sin dobleces que une a Gisenyi con Goma, un par de hombres congoleses caminan conmigo, como escoltándome. Son un padre anciano y un hijo de mi edad que a duras penas creen que una joven blanca esté dispuesta a recorrer las calles de Goma sola.
- ¨Tengo un amigo con el que a lo mejor me encuentro más adelante…¨
Antes de lo esperado, Bizige aparece (aquel nuevo amigo retratado en el post Inshuti Yawe). No se moverá de mi vera, siendo su halo de protección invisible un salvavidas de valor incalculable. Me traduce del suahili los diálogos que nos rondan, las acusaciones que recibo, los comentarios de mutilados y locos. ¨Eres amarilla como el sol…¨, asevera un viejo agarrándome el brazo. ¨Dame algo de dinero, tú, rica¨, me dice un mutilado apoyado en una muleta quebrada, enseñándome explícitamente el muñón.
Caminamos horas y horas, sin más pretensión que hacer eso mismo. Soy la única persona blanca que veré en las calles podridas de contaminación durante todo un día de caminar sin descanso. Las demás pasan veloces en todoterrenos blindados o en furgones de Naciones Unidas. Muchas de ellas son soldados de las fuerzas de paz de MONUC (la misión de paz de la ONU en el Congo), compuestas de una mayoría de cascos azules de India y Uruguay, las naciones que más tropas aportan.
La polución es brutal, y la confusión que genera se ve aumentada por el hecho de que el suelo es volcánico, trozos de lava por doquier. Y de que no existe el pavimento, siendo el polvo negro el único respiro. A los lados de la calzada se venden cada pocos metros bidones y botellas de gasolina adulterada que expulsa un olor que aturde. El aderezo del panorama lo pone, al fondo, el volcán Nyiragongo, que en 2002 transformó a Goma en una Pompeya moderna, sepultando con lava más de media ciudad. Las amenazas de erupción siguen presentes. Pero quizá esa sea la menor de las preocupaciones de los que han de vivir en este infierno.
Atravesamos los suburbios, el volcán siempre de frente. Al tráfico de vehículos de toda clase se suma el veloz movimiento de los taxis conducidos por mutilados que pedalean con las manos. También están las carretas que transportan materiales pesados, los triciclos enormes de madera que jóvenes sudorosos guían con destreza transportando sacos, hierros o aparatosas placas de hojalata. Hay pequeños fogones a los lados que despiden más humo y más calor. No hay infraestructura ninguna y los niños parecen tener contrato con el diablo. Los legados de Mobutu, me digo, el cabrón que desangró a este país más que nadie (y han sido muchos los que han chupado de la riqueza de los inagotables recursos de R.D. Congo -entre ellos diamantes, oro, plata, cobre, cobalto y petróleo- a expensas de los civiles, apaleados por todos los flancos).
Un par de mujeres están en cuclillas en una cuneta debajo de un paraguas. Envueltas en tejidos negros llenos de mugre, bebés a la espalda, venden montañitas de carbón organizadas con un primor irrisorio. Un par de camiones engullen a gente, y cuando están llenos, parten al son de voces que cantan entre rejas. A pie de rueda se venden trozos de carne comidos por los insectos. La suciedad es palpable y respirable. Despiadada. ¿Cuál será la esperanza de vida en esta ciudad?, me pregunto no queriendo saber la respuesta.
Hacemos que las horas sigan pasando caminando calles más estrechas en las que no caben los vehículos. Calles negras llenas de chabolas. Una pequeña tienda, que tiene un altavoz enorme en la puerta, vocifera una radionovela nigeriana. Hay multitudes congregadas. ¨¿No has oido hablar de ella?, me pregunta entretenido Bizige, ¨es muy popular…¨ Instantes después pierdo su voz y el hilo musical de la radionovela. Hay gente que se agacha y otra que hace como si nada. Un avión pasa literalmente rozando el tejado de las chabolas, produciendo un estruendo en el que creo que me van a reventar los tímpanos. El aeropuerto, desde el que sólo salen vuelos precarios, está cerca. A pocos kilómetros también late la presencia de algunos de los peores campos de refugiados del mundo. Los de Mugunga, por ejemplo.
Mientras nos apresuramos hacia la frontera, que cerrará pronto si no nos damos prisa, vuelvo a ver los carteles en francés y en suahili contra las violaciones, innumerables y violentas en toda esta zona del este de RDC. Me retienen en inmigración más de la cuenta, los oficiales quieren dinero. El paso de Goma a Gisenyi está tan sólo a un par de metros.
Suena un pitido y la gente empieza a correr. Mujeres con bebés pegados a la columna vertebral, ancianos con patatas dulces en la cabeza, niños descalzos, hombres en camisas sucias y roídas; todos echan a correr con semblantes hechos de urgencia. Antes de que pueda digerir nada de esto, Bizige me coge la mano y grita “¡Corre!, ¡Corre!”. Tropiezo con muchos pies que ni sé de quien son hasta que me veo, de repente, al otro lado de la frontera, en Ruanda, aún esquivando piedras. “Alguien pagó corrupción a la policía para que abrieran el borde y callaran la boca”, me explica Bizige. Asiento. Cierran la frontera todos los días a las 6 p.m., pero los rezagados y aquellos sin papeles en regla consiguen cruzar sobornando a las autoridades. El cartel cuadrado que dice “Investment yes, corruption no” a la entrada de Ruanda me haría reír si tuviera energía para el sarcasmo.
Aún resoplando, miro hacia atrás. Goma despide una humareda negra, mundana y fantasmagórica. Está anocheciendo, y en la estrenada oscuridad, el volcán Nyiragongo escupe llamaradas rojas. Goma queda atrás y mis pies sucios se sienten de nuevo a salvo. No es hasta que recorro estos últimos metros hacia la caseta de inmigración en Gisenyi que me doy cuenta de que estoy agotada, física y mentalmente. ¨Es fácil hacer lo que hago¨, me digo sintiendo un arraigado disgusto por mi persona. Es jodidamente fácil asomarse al borde del abismo, meter la nariz en un agujero negro. Otra muy distinta es vivir en sus cenizas día tras día, hora tras hora, segundo tras segundo; vivir con los pulmones alquitranados, vivir consciente de ser miserable, vivir sabiéndose muerto antes de cumplir cinco. No conocer más que albas y atardeceres así, que se repiten en un ciclo de pesadilla sin retorno ni posibilidad. Nacer aquí, morir aquí; eso es diferente.
¿De qué me quejo?
Cae la noche sobre la que se me antoja una extraña resaca que me come las entrañas. Bizige afirma: “Estas cansada”. Lo sabe, hoy me ha salvado el pellejo varias veces. Le doy las gracias y seguimos caminando entre cabezas sepultadas por bidones amarillos. Me enseña su iglesia (“Reconciliation Church”), alojada en unos almacenes, y su casa, en una calle oscura en la que tropiezo una decena de veces. Tiene una pequeñísima salita con tres armazones de sillón desnudos y una camisa colgada en uno de ellos. Un dormitorio con un colchón fino y un amago de cortina hecho de pelo de animal. Una cocina que sé cocina porque tiene un pequeño camping gas en una esquina y una montaña de platos sucios en el suelo; nada más. No tiene baño ni agua, pero sí tiene electricidad. “Cuando vuelvas a Gisenyi no tienes que pagar hotel”, asevera con una ternura que no puedo soportar ni merecer.
De vuelta en la calle oscura como boca de lobo, me presenta a vecinos, amigos, niños con los que juega a veces. Doy manos a ciegas, no veo nada. Todo es negro salvo mi piel y el blanco de todos sus ojos. Es en este preciso instante, sintiéndome a salvo en el refugio de un extraño ángel de la guarda, que recuerdo lo que me contó Bizige caminando las calles de Goma: “Me mudé a Gisenyi hace un año porque allí nadie me conoce”.
Aquí, en estas calles, nadie sabe que ha estado seis años en la cárcel, que luchó en la guerrilla casi toda su vida, que vivió meses en la selva de Virunga, que desafió a la muerte durante tres años en las incursiones del RPF en R.D. Congo, que no tiene familia. Que tampoco tiene suficientes dedos para contar las cicatrices, que ha asesinado, que ha perdido la fé y la juventud en una batalla política en la que ya no cree.
Su prima, uno de los pocos parientes que le queda, cruza a Goma algunas noches a ejercer de prostituta para los soldados de la ONU. Ejerce de prostituta en esa misma ciudad donde el dinero única y exclusivamente puede ser sucio; donde si no es un edredón de lava, es un cuchillo o una bala o una polla quien te mata; donde cada noche llegan al hospital “Africa Hills” decenas de mujeres violadas, sujetando sus propios intestinos en las palmas de sus manos. En R.D. Congo hay total impunidad. ¿De qué me quejo?
Vuelvo a la posada Ubumwe. En moto-taxi, sin casco, las ruedas saltando sobre piedras como un toro mecánico saltaría en una feria de pueblo de tercera. Sé que nada me puede pasar, no hoy, no después de Goma. Goma existe. Goma existe, ESCÚCHAME, Goma existe. Y el mundo está diseñado por un arquitecto con granadas en las cuencas de los ojos y un artista sin conciencia. Mañana me despertaré sin escuchar este eco que todo lo ensordece, que ahora me parece definitivo, cruel, imperdonable.
Inservible.
“Goma existe, Goma existe, Goma existe…”.






Estoy de misión en los cuatro distritos frontera con R. D. Congo y Uganda: Rubavu, Nyabihu, Musanze y Burera. Dos pertenecen a la provincia del oeste y dos a la del norte. Es una zona de Ruanda que vive prácticamente con la garganta seca. El agua es aquí un bien muy poco accesible. La evidencia, a simple vista: en los bordes de las carreteras, que se retuercen como serpientes, hileras de personas acarreando bidones amarillos roñosos. Algunos hombres llevan cuatro o cinco de éstos en bicicletas; otros incluso seis o siete, pedaleando hasta el abatimiento. Muchas mujeres los llevan en la cabeza, en horizontal, la boquilla cerrada con un trozo de patata. Otras los llevan a la espalda, enganchados con una cinta de colores a la cabeza, como una diadema que debe doler más que una corona de espinas. Este modo de acarrear el agua, a la espalda, se llama ”a la congolesa”; el anterior, “a la ruandesa”. Hasta la tortura tiene nacionalidad hoy en día. Pero lo mas sobrecogedor son los niños, ésos que son tan pequeños que ni se les ve a través de la ventanilla del coche, los micos, los bebés. Se ven hasta de tres años, con dos bidoncitos, uno en cada mano, caminando despacio. Las niñas de cinco años parecen adultas, ya divorciadas de la vida, haciendo varios viajes al día con ese maldito líquido que no les llega ni para 5 litros por persona y por jornada. Para beber, lavar, cocinar y asearse.
¨¡Gracias, gracias porque me has dado la electricidad, porque ya vemos, mira ahi encima de esa colina, mira los cables!. ¡Gracias, gracias!¨, me traducen. Me mira a los ojos sin soltarme la mano. ¿Que te he dado qué?, pienso. Tardo un rato en darme cuenta de que a pesar de su embriaguez, este hombre bigotudo me está revelando una gran verdad. Como mzungu, represento a un colectivo y otros blancos me representan y representan a su vez al colectivo, lo queramos o no. Uno se siente más grupo que persona, inevitablemente responsable de todos los desaciertos de todos los impresentables -pasados y presentes- que han hundido a este continente de ébano en la miseria. Ser blanco es empuñar una marioneta que no se puede controlar, que se mueve sola, que habla por ti.