Inshuti Yawe

El trayecto en autobús de Kigali a Gisenyi, en la frontera con el Congo, ofrece un cuadro panorámico en movimiento del que es difícil despegar la vista. Los bananeros, el verde, las montañas que parecen de corcho cortado con cúter, la sucesión de imidugudus SSC_0293(pueblos), la procesión de lugareños en las cunetas… todas son formas de un caleidoscopio caprichoso, regalo de la belleza estática de África.

Desde el altavoz del autobús, un grupo de musica congoleño canta en lingala. Nos tocó hasta televisión. Uno de estos lujos inexplicables (el vehículo en sí no está para muchos trotes) de un continente empachado de contradicciones. En el videoclip, cinco soldados en uniforme menean las nalgas al ritmo del que se me antoja un extraño reggaeton africano. En la coreografía hay armas y ademanes faciales de rap. La canción es pegadiza; a saber qué dirá. El que se sienta a mi lado presta más atención a la pantalla cuando aparece Shakira en bombachos naranjas. Luego vendrán los Backstreet Boys y un karaoke de canciones melancólicas en inglés que algunos pasajeros tararearán con un fervor ridículo.

Se llama Bizige Emmanuel. Mi vecino de asiento, digo. Agotamos las seis o siete palabras que me sé en kinyarwanda para entablar conversación. Le hago un recuento de las otras que no pegan ni con cola pero a lo mejor le caen simpáticas. ¨Niños guapos¨, ¨no entiendo¨, ¨kinyarwanda bonito¨, ¨leche¨. Afortunadamente, su inglés le da mil vueltas a mi francés (lo cual no es muy difícil pero es bastante raro por estas tierras). Hablamos del lingala, de Gisenyi, de su trabajo de businessman with few money, tal como él lo llama. De que nació en Kigali pero ahora sólo vuelve de vez en cuando.  Tiene un bigote fino y pulcro sobre la comisura del labio. Y está metido en una camisa azul de manga corta demasiado grande para su tamaño. Según me cuenta tiene 33 años y no está casado.SSC_0295

Hablamos, entre miradas a Shakira y miradas al verde panorámico, de fútbol, de por qué ¨no nos llevamos bien¨ con los catalanes, de Goma, de los cinco volcanes que esperan a pocos kilómetros del morro de nuestro vehículo. De algún modo, sale EL tema. ¨Sí, conozco un poco la historia de tu país¨, respondo. En lenguaje ortopédico y pausado, los ojos fijos en un punto fijo e inexistente a través de la ventanilla, me cuenta que se marchó en 1991 a Uganda reclutado por el RPF, la resistencia tutsi que se fortaleció en el extranjero y volvería a Ruanda a luchar contra los genocidas. Me cuenta también que volvió en 1994 para descubrir que habían matado a toda su familia. Abuelo, padre, madre, hermanos, hermanas.

Sus pupilas son grandes y el blanco de sus ojos está lleno de manchas marrones. A medida que habla, sus pómulos se contraen y la piel sobre su mandíbula se tensa. Es enjuto, alto, tiene la nariz pequeña y los huesos faciales muy marcados. Las características prototípicas de los tutsis, recuerdo mientras escucho su historia. ¨No me queda nadie, nadie¨. Cuando habla parece que lo hace consigo mismo, con un yo extraviado que está cansado de ser su único interlocutor. No me atrevo a preguntar si sabe cómo mataron a su familia; si sabe quién lo hizo. Me quedo aplastada, anulada.

¨Cada día pienso en mi familia, en los que les mataron, y algo me oprime el corazón. Les perdono, pero no puedo olvidar. Quizá algun día pero todavía no¨. Maldice a los franceses, a quienes odia con ese mismo corazón herido por haber contribuido con armamento y malicia asesina a la masacre de familias como la suya. Dice no odiar a Naciones Unidas porque ¨al menos no ayudaron directamente¨. Pierde de vista el punto fijo e inexistente. Tiene los ojos llorosos y acto seguido una mano blanca acariciando el dorso de su mano oscura. En inglés renqueante balbucea un ¨let be¨ que cierra el grifo de las lágrimas y la conversación.

SSC_0294¨Ánimo¨, en español, es lo único que puedo decir, porque no hay otra lengua de la que pueda tirar, aplastada en mi impotencia. Parece comprender. Le explico lo que significa, que tiene que ser fuerte. Asiente.

Me dice que ahora que hemos compartido todo esto podemos ser amigos. Me explica que en kinyarwanda se dice ¨Inshuti yawe¨: you friend.

A medida que pasan por la ventanilla las hojas del plátano y las colinas, el verde me enloquece de nuevo. Todos los niños (en puestecillos de verduras mirando a la carretera, en el barro de las inmediaciones de sus casas, en las carreras y el juego) de los distritos que pasamos llevan las mismas chanclas de plástico verdes, entre croc y chancoleta de piscina. Disfuncionales, demasiado sucias. Se me ocurre que deben ser el regalo de alguna organización de ¨ayuda humanitaria¨.

Las baladas de los Backstreet Boys, de fondo, nunca pudieron sonar más absurdas.

One Response

  1. Increíble… Qué bueno, pequeña. Te leo a diario antes que a los periódicos, y me estás dando cosas grandes. Ese final ha sido perfecto.

    Ánimo a ti también, porque la tarea del “escuchar y no poder hacer”, digan lo que digan, tampoco es fácil.

    Mua…

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