Nyamata. Ntamara.
August 9, 2009

Nyamata es una ciudad western en un plató abandonado en mitad de África. En Nyamata nunca hubo dinero, ni cowboys ni cámaras. Hay casas muy bajas de colores brillantes y pardos, alternantes, a los lados de una calle ancha llena de polvareda a la que sólo le faltan las tabernas.

Dos mujeres esperan sentadas en lo alto de un pozo. Una panda de hombres arregla motocicletas. Un bar a la entrada de la ciudad llamado Gacaca anuncia cervezas y leche. Caminamos quince minutos por una carretera de tierra hasta que llegamos a la iglesia de Nyamata, donde hace quince años fueron asesinadas más de 10.000 personas. Hoy es un memorial rodeado de banderas moradas (el color del homenaje al genocidio). En el camino, chicharras, pájaros, el crunch crunch de los pasos que presienten un rato de corazón agarrado a los pulmones. A la derecha, piñas naciendo del suelo fértil y locales en sus labores de transporte, todos diligentes salvo una niña bizca que se medio sale de la fila.DSCF2472

Nyamata es el fondo del pozo, el horror repetido hasta la demencia. El interior de la iglesia está lleno de los restos de ropa que quedaron. Hay una pequeña planta abajo donde esperan cráneos con marcas de machete, huesos apilados siguiendo una disciplina militar, tumbas de cientos.

Cuando hemos dado un par de vueltas, uno de los que guardaban la puerta se nos acerca. Tiene zapatos y una camisa rosa con unos ribetes rojos discretos. Nos pregunta si queremos que nos cuente historias, como el abuelo que ofrece cuentos o nanas antes de dormir. Sólo la parte del abuelo podría ser cierta, a pesar de que Charles -como se hace llamar- tiene 23 años. Es un Matusalén ruandés, un Matusalén del genocidio.

Charles sobrevivió a la matanza de Nyamata; es uno de los siete supervivientes. Él no lo cuenta hasta más tarde, pero me parece importante empezar por este renglón, donde pueda aún agarrarse el escalofrío por el cuello. Nos contará que viene aquí cada día, que muchas veces no cuenta historias, no está de buen humor. Hoy tiene el humor tranquilo y decide hacerlo porque somos jóvenes como él, porque aún podemos mejorar este mundo de perros, porque es importante que sepamos. Charles tenía 8 años en abril de 1994.

Ya en 1992 esta iglesia católica había servido de refugio a los tutsis de los alrededores en el que él califica ¨uno de los simulacros del genocidio¨. Con el precedente de 1992, muchos en 1994 volvieron a esconderse entre sus muros, y cuando ya no cabía un alma, fuera, rodeando la iglesia. Llegaron los hutus extremistas -entre cuyas filas no olvidemos que estaban los hutus de a pie, los vecinos, incluso los amigos de los de allí dentro-. Tocaron los tambores muchas horas, varios días, a la par que entonaban la canción que rezaba ¨Kill the cockroaches¨. Mataron a los que había fuera de la iglesia (miles). Dejaron a los de dentro esperar la muerte otros cuantos días al son de la percusión y la inminencia.


¨Las puertas tenían candado. Los cuatro grupos de asesinos les pidieron a los del descansillo que abrieran por las buenas. No lo hicieron, sabían que iban a morir. Lanzaron granadas y usaron algo parecido a un machete, no sé la palabra en inglés, para cortar los barrotes de hierro. Una vez dentro, empezaron por los treinta o cuarenta en el descansillo. Mandaron a diez que se pusieran erguidos, espaldas contra la pared. Les cortaron la cabeza, y obligaron a los demás a jugar al fútbol con ellas. Algunas de esas cabezas eran de hijos o de padres. A los niños los cogieron de los pies, los estampaban tres o cuatro veces aquí, en esta pared, hasta que sus cráneos, que eran frágiles, se rompían y sus cerebros salían despedidos. A otros les cortaron los brazos y las piernas y los dejaron ahí, agonizando. Recuerdo que a un hombre con barba le clavaron una estaca en el corazón. Había en ese grupo del principio tres embarazadas. Una de ellas era hutu. Le preguntaron: ¨Tu qué haces aquí, tú eres hutu¨. Estaba casada con un tutsi. Le dijeron que ella podía vivir, que el problema era que tenía el pecado dentro. La llevaron a la mesa del sacerdote y la abrieron en canal, sacando al bebé y apuñalándolo. Pero claro… alguien rajado de arriba a abajo no puede sobrevivir, ellos sabían que ella iba a morir. A las otras dos embarazadas les apuñalaron la tripa. A una la dejaron ahí clavada. Cuando habían despejado el descansillo, lanzaron granadas y pegaron tiros para ir abriendo camino. ¿Veis las manchas negras en el techo ahí arriba? Es sangre de las granadas. Yo no sabía que hacer, era pequeño, podía escurrirme fácilmente. Pero no podía dejar de mirar. Recuerdo qué le hicieron a mi madre. La cortaron por la mitad, aquí, por la tripa. La violaron. Violaron a muchas más mujeres, antes de meterles machetes o cortarles partes.

– ¿Y tú dónde te estabas escondiendo? ¿Cómo sobreviviste?DSCF2465

No sé cómo sobreviví, no lo sé, fueron muchos días, meses. Fue la protección de Dios. Yo me estaba escondiendo detrás de esa pila bautismal ancha, o entre cuerpos muertos. Una vez cuando me cambié de sitió y volví a la pila, vi a mi hermano mayor tumbado con la cabeza a medio cortar. Sangraba mucho, mucho. Sujetánsose el cuello, me decía que me escondiese en el lago de sangre, que no me verían. Yo le decía que no, que no podía, que olía muy mal, era insoportable… No podía llorar, cuando empezaba los otros supervivientes me callaban, me decían que me iban a matar si no me callaba. Sobreviví a ese primer ataque escondido entre montañas de cuerpos. Quien se iba a imaginar que estaba vivo tan cubierto de sangre. Más tarde vi a mis hermanas también, muertas, despedazadas. Cuando los asesinos se marcharon estuve días sin poder moverme. Ellos volvían cada día a ver si quedaba alguien vivo o a ver si alguien nuevo había venido a refugiarse entre los cuerpos. Con los días no podía aguantar más el hambre. Era un niño, no pensaba en mi familia, no podía, solo pensaba en lo mucho que me dolía la tripa. Otro niño y yo salimos de la iglesia y encontramos patatas dulces. Luego regresábamos otra vez a la iglesia. Las colinas estaban llenas de perros comiéndose los cadáveres. Una vez un hombre hutu me refugió en un pequeño agujero que tenía en su casa, me dijo que estaría a salvo. Me daba de comer. Vinieron y le preguntaron que dónde escondía a esa cucaracha. Le mataron y le metieron encima de donde yo estaba, en el agujero. Patris. Ese cráneo de ahí es el suyo, lo descubrí años más tarde porque tiene la misma marca de machete.

(…) Ahora ya no existen en nuestro país etnias ni el carnet de identidad dice nada, pero eso es sólo para el gobierno, sólo el gobierno dice que no existen hutus y tutsis. Todos los demás sabemos y recordamos. El gobierno ha formado gacaca (pronunciado ¨gachacha¨, unos tribunales populares de justicia comunitaria creados después del genocidio) pero no nos ofrece seguridad. En unos años salen de prisión y yo no me siento seguro. Sé que tengo que perdonar porque tienes que ver a la misma gente en tu mismo pueblo¨.


Ntamara, a pocos kilometros, traerá otra iglesia. Otros cinco mil fantasmas. Una pared negra que los genocidas usaban para estampar cabezas. Al fondo hay una pancarta morada enorme en honor a una celebración conmemorativa que se hizo. 06/06/2009, dice. Mi cumpleaños, hace poco. Rebovinando quince años… No puedo ni acabar esta frase de una manera medianamente digna.

Nyamata ahora no es western. Es alienígena. Es un lugar donde el movimiento es inexplicable, donde nada tiene sentido. Sin más. En la parada de autobús, un chico de unos quince años, de mi altura, se dirige hacia nosotros y nos abraza, uno por uno. La madre, vestida de verde esmeralda, nos hace el gesto universal que significa ¨no le hagáis caso, está loco¨. Se lo lleva, pero él se las apaña para seguir repartiendo abrazos de oso a los que se dejan. El que vende los tickets a nuestras espaldas, un hombre de rizos pequeños con cara de payaso diabólico, nos dice resignado: ¨está loco, está loco¨.

En el matatu de vuelta a Kigali rumio la idea de una locura endémica, o por el contrario, una compostura inexplicable. La cordura de un pueblo que desafía toda ley de humanidad. Un pueblo que sigue vivo a pesar de TODO. Dos mujeres que parecen amigas están sentadas en un pozo al lado de la carretera. Una panda de hombres arregla motocicletas. Un bar a la salida de la ciudad que se llama Gacaca anuncia cervezas y leche. Si no es un milagro -que piernas y brazos se sigan moviendo, que Ruanda siga existiendo- no entiendo absolutamente nada.


PD – No he pretendido ser sádica. La historia de Charles es un testimonio real que he transcrito lo más fielmente posible. Porque a lo mejor hay jóvenes que saben cómo mejorar este mundo de perros.

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